La cruz de hierro (Cross of Iron, 1977) de Sam Peckinpah
Si analizamos con detenimiento el proceso evolutivo del cine de género bélico, advertimos un visible descenso de la producción en la década aproximada que va desde el año 1965 hasta el año 1975, por más que exista una somera (y cualitativa) continuidad con híbridos tan estimulantes como La colina (1965), la reivindicable La noche de los generales (1967), Doce del patíbulo (1968) o la oscarizada Patton (1970). Será con el rotundo éxito de La batalla de Midway (1976) de Jack Smight cuando las grandes productoras comiencen de nuevo a apostar decididamente por el género. De hecho, la United Artist respondería al film de Smight con la superproducción Un puente lejano de Richard Attenborough (en la que igualmente incorporaría a una deslumbrante pléyade de estrellas). En 1978 la MGM daría luz verde a la secuela del clásico Los cañones de Navarone (1961) con la entretenida Fuerza 10 de Navarone del eficaz Guy Hamilton. Ha llegado el águila se estrena en 1976 (último coletazo de calidad de John Sturges) y las películas de mercenarios adquieren resonancia con el buen recibimiento que obtiene Patos salvajes (1978) de Andrew V. McGlagen. La década finalizaría con tres obras mayores como El cazador de Michael Cimino (ganadora del Oscar en 1978), la impresionante Apocalypse Now (1979) de Coppola y Uno rojo, división de choque (1980) del veterano Samuel Fuller.
Sam Peckinpah, revolucionario realizador, remodelador del western, auténtico rebelde (con causa) y autor de algunas de las mejores secuencias de acción de la historia del cine, alcanza fama mundial en 1969 con Grupo salvaje, apabullante obra maestra absoluta, una película adelantada a su tiempo que marca a toda una generación. De la noche a la mañana Peckinpah se convierte en el director de moda en Hollywood y, por primera vez, empiezan a llegarle numerosas ofertas a su mesa. Pero del año 69 al 77 la situación cambiará ostensiblemente para el realizador californiano. En 1972 obtiene el mayor éxito económico de su carrera con esa ejemplar muestra de cine de acción que es La huida, la cinta, protagonizada por la estrella Steve Mcqueen recauda más de 25 millones de dólares; oportuno (y necesario) aval que le permite a Peckinpah volver a reincidir en el western con la lírica y magistral Pat Garret y Billy El niño (1973). Masacrada en el montaje por el estudio ante las airadas protestas del director que considera estar ante su mejor obra, Peckinpah se aleja de la industria enfurecido e indignado, consiguiendo, no obstante, sacar adelante un proyecto independiente surgido de la rabiosa necesidad de no rendir cuentas a nadie. Quiero la cabeza de Alfredo García (1974) se convierte en su película más obstinada y personal. Su recaudación en taquilla, deudora de su marginal distribución, resulta tan ínfima que no merece la pena reseñar aquí pertinentes e inocuas cifras respectivas.

Tras dos fracasos comerciales de semejante envergadura, el director de Perros de paja se ve obligado a aceptar una suculenta oferta de la MGM que le ofrece dirigir un esperpéntico guión con el mero propósito de que el director se limite a filmar sus ya famosas escenas de acción a cámara lenta. Es Los aristócratas del crimen (1975) una película, que como el propio realizador confesó, le traía sin cuidado, despachándola con total desidia y convirtiéndola, inevitablemenente (y con diferencia), en su peor película hasta la fecha. La actitud del cineasta y el decepcionante rendimiento en taquilla, muy por debajo de lo esperado por el estudio, condenan a Peckinpah al ostracismo, dibujando así, un futuro no muy alentador, intentando levantar durante dos años proyectos imposibles que no iban a ninguna parte.
Pero fue, efectivamente, en 1977 cuando un desanimado Peckinpah recibe la llamada de Worf Hartwig, un productor de cine porno alemán que le ofrece dirigir una cinta bélica con capital germano e inglés a rodar en Yugoslavia. Su título, La cruz de hierro. Peckinpah acepta.
Tras el desastre de Stalingrado, el ejército alemán está en pleno repliegue. Un noble y orgulloso oficial prusiano pide el traslado al frente este para ganar la Cruz de hierro, la más alta condecoración germana; allí chocará con Steiner, un sargento que lucha por la supervivencia de sus hombres y que desprecia a todo aquel que combate por la gloria.
