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viernes, 28 de octubre de 2011

CRÍTICAS CINE DE ESTRENO

La Cosa (The Thing), de Matthijs van Heiginingen Jr.


En 1982 el director John Carpenter estrenaba La cosa, adaptación de un relato de John W. Campbell Jr. titulado Who Goes There?, que ya había dado pie en los años cincuenta a un clásico menor como El enigma de otro mundo, con Christian Niby y Howard Hawks en labores de dirección y producción respectivamente.

Obra fascinante, la película de Carpenter -su primera gran producción, su primera Serie A- distaba mucho de ser una monster movie al uso, al situar la amenaza no solo en el exterior, sino dentro de cada uno de los personajes, y planteando un esqueleto narrativo cuyo desarrollo hacía posible una sabia modulación intergenérica entre ciencia ficción, terror y, sobre todo, suspense. Pero tal éxito artístico no tuvo traducción (positiva, se entiende) en las taquillas norteamericanas. Mucho tuvo que ver el lanzamiento, solo dos semanas antes, y por orden del mismo estudio (Universal Pictures) de E.T. El extraterrestre, obra decididamente menor -pese a su aureola mítica-, cuyo infantilismo, tan caro a su director, conectó más y mejor con las audiencias del momento.
Afortunadamente el tiempo ha hecho justicia, pues más vale tarde que nunca, y la película de Carpenter ha adquirido merecidamente la condición de clásico incontestable del cine fantástico moderno.

Casi treinta años después, Hollywood -coherente con su política industrial- nos propone volver al frio hielo de la Antártida con esta revisitación a modo de precuela. La cosa, versión 2011, narra los hechos ocurridos en la base noruega anteriores a la llegada del grupo norteamericano (liderado por McReady/Kurt Russel) de la versión del 82. Así, es a los personajes de esta nueva aproximación fílmica a los que corresponde encontrar a la criatura en el interior de un enorme bloque de hielo, cuando sus sucesores se veían amenazados por el alienígena en libertad y mimetizado en el cuerpo de un perro, circunstancia concreta que se aprovecha al final del film -y de forma plausible- para conectar con el inicio de la cinta de Carpenter. Pero ahí terminan -obvio el cambio en el sexo del rol protagónico al no ofrecer alteración alguna en el entramado dramático- las diferencias, más o menos sustanciales, entre ambas versiones, porque el resto del relato discurre con mínimas variaciones, participando de las mismas ideas argumentales de su ilustre predecesora. De hecho, hay secuencias calcadas que no voy a describir, amén de la célebre escena del análisis de sangre que, al menos aquí, y probablemente por no sobreexponerse en la literalidad, es sustituida por una inspección bucal. Quizás por todo ello pueda resultar conveniente (más que nada por informar/avisar al espectador) hablar más de un remake (de un remake) que de una precuela, pese a que ésta ultima terminología sea la más adecuada para “vender” y justificar la propia existencia del producto en sí.

En cualquier caso, una propuesta como esta, tan (de)limitada en sus aspiraciones creativas, me obliga a reformular la crítica de mi discurso. O mejor dicho, a generar dos puntos de vista:
El primero, en respuesta a su condición de precuela o remake encubierto, ya lo he expuesto, y creo que con meridiana claridad. La película es insuficiente para el que haya conocido la versión de los ochenta. No quiero decir que pueda llegar, por decirlo de alguna manera, a “ofender” a ese determinado público. No obstante, domina una mirada respetuosa sobre su modelo (nunca mejor dicho) y no dudo que el proyecto haya nacido con la vocación de rendir un merecido homenaje a aquel clásico (incluso se recupera en parte la música de Ennio Morricone); pero no aporta, no sorprende, no toma cierta distancia. Su mimetismo exaspera. Provoca indiferencia.
El segundo enfoque requiere olvidar la existencia del referente y asumir la propia naturaleza del producto en base a su atenimiento a las consabidas consignas de producción. Visto así, La cosa (2011) resulta un trabajo competente si bien rutinario, un agradable entretenimiento exento de relieve emocional, dirigido (a las menos condicionadas) audiencias juveniles (que al fin y al cabo son las que predominan en las colas de los cines), donde prima la acción y el espectáculo al servicio de unos efectos especiales que brillan a gran altura: los procesos de transformación convencen y se reciben con sensaciones a medio camino entre el  miedo y el asco. Lástima que un uso excesivo de los CGI rompa el efecto visceral de algunas mutaciones (En esos momentos echaba en falta la subyugante fisicidad de los artesanales trucajes del venerable Rob Bottin: cómo no recordar aquella boca dentada que surgía del estómago de uno de los personajes infectados cuando otro intenta reanimarlo con el desfibrilador, mordiéndole ambos brazos y amputándoselos para a continuación, tras ser reducido por el fuego del lanzallamas, utilizar un fragmento de la cabeza humana a modo de cuerpo del que surgen unas gigantescas patas de araña… Uffffff...).
El director Matthijs van Heiginingen Jr., un debutante de origen danés curtido en el mundo de la publicidad, logra una película visualmente atractiva, aceptablemente atmosférica. Resuelve bien las escenas de acción y se muestra preciso en el ritmo. Suficiente para distraer al espectador y mantenerle tenso, ocasionalmente, en su butaca.

En definitiva, y para resumir: si eres fan -como yo- del clásico de John Carpenter, esta nueva película te parecerá innecesaria, porque esto ya estaba contado antes y además mucho mejor (y no voy a entrar ahora en el debate, estéril, sobre la necesidad o no de nuevas versiones, remakes, reboots… o como queramos denominarlos). A lo sumo te hará recordar, con más añoranza si cabe, la cinta carpenteriana. Si por el contrario llegas virgen a la proyección puedes identificarte como público objetivo y esta puede ser tu película. Posiblemente no dejará huella alguna en tu memoria, pero seguro que, a tenor de su pulso sostenido, logrará entretenerte durante 103 minutos. Justamente lo que dura.

Harmonica

lunes, 7 de febrero de 2011

CRÍTICAS CINE DE ESTRENO

Más allá de la vida (Hereafter) de Clint Eastwood

Cuando se supo que, en su próxima película, Clint Eastwood iba a indagar “más allá de la vida”, muchos fueron los que aludieron al hecho, supuestamente sorprendente, de que el veterano director se enfrentara por primera vez en su carrera a un film de género fantástico. Es más, no pocos saludaron el proyecto como una suerte de variación, más o menos vinculante, del éxito de M. Night Shyamalan El sexto sentido (1997). Estas –antojadizas- apreciaciones solo pueden responder a un tipo de ceguera patológica, o a un acusado desinterés en volver sobre la ya amplia filmografía del realizador californiano.
Si en 1982 abordaba la ciencia ficción con la muy desafortunada Firefox, el arma definitiva; tres años después firmaría un episodio de la serie de televisión fantástica Cuentos asombrosos, creada por Steven Spielberg (aquí, no por casualidad, productor ejecutivo). Tampoco ha de suponer un gran esfuerzo para el espectador mínimamente avispado, advertir ese halo sobrenatural que sobrevuela las imágenes de dos títulos del Oeste como Infierno de cobardes (1973) y El jinete pálido (1985); ¿Acaso no encarna Eastwood a sendos pistoleros de ultratumba que regresan a la vida para consumar su venganza?.
Más allá de la vida, desacertado título en español de Hereafter, es un drama, puro y duro, bajo la apariencia de un relato de corte fantástico, donde Clint vuelve a retomar el retrato de unos “perdedores”, que en este caso, buscan el sentido de sus vidas. El guionista británico Peter Morgan (The Queen, El desafio: Frost vs Nixon…) desarrolla tres historias que acabarán confluyendo en el último momento: 1) George Lonegan (Matt Damon) es un tipo solitario que vive en San Francisco. Su deseo es llevar una vida normal, y para ello trata de huir de su “don”, una capacidad que le permite contactar con los muertos. Pero para él es una maldición que le impide, entre otras cosas, llevar a buen puerto su romance con Melanie (excelente Bryce Dallas Howard), una chica que conoce durante unas clases de cocina. 2) La francesa Marie Lelay ((Cecile de France) es una periodista televisiva de éxito que sobrevive a un tsunami mientras estaba de vacaciones en Indonesia, una experiencia que alterará su vida para siempre. 3) En Londres, un  niño llamado Marcus (Frankie McClaren) sufre un gran desasosiego tras la repentina muerte de su hermano gemelo y buscará la forma de comunicarse con él.
Es esta una película que no aspira ser trascendental, ni adopta un lenguaje grandilocuente para articular un discurso (humanista) en torno a la vida y la muerte, al dolor de la ausencia, a la pérdida del amor. No pretende pues, generar argumentos para clarificar temas relativos con una cierta precisión. De hecho, se limita únicamente a lanzar preguntas de las que no ofrece respuesta alguna. La sobriedad narrativa y el rigor expositivo propias de ese rasgo, llamémoslo neoclasicista, que mueve la cámara de Eastwood, no es óbice para hallar múltiples detalles de puesta en escena –con significativo uso de movimientos giratorios, travelling de seguimiento o grúas móviles- que permiten una audaz y armónica mezcolanza entre momentos íntimos (los más) y momentos espectaculares (los menos). Así, en relación a los primeros, sirvan de ejemplo la –poética- forma en la que el director muestra la soledad de sus personajes, envueltos entre las densas sombras de la fotografía de Tom Stern; o la secuencia que sigue el triste peregrinar de Marcus por una serie de supuestos espiritistas (o charlatanes de feria, lo mismo da).En otro ámbito, está la visualización de dos hechos reales que Morgan implementa hábilmente dentro de la historia ficticia: la situación alrededor de las bombas en el metro de Londres; y la magistral secuencia (que “golpea” al espectador a tan solo cinco minutos del comienzo) del tsunami, donde hay que celebrar el virtuosismo con el que el director de Sin perdón acomete la planificación de dicha pieza dotándola de una insólita fuerza y singularidad (atención a como la cámara se emplaza a la altura de los ojos). Sugestiva y poderosa, hay más conocimientos de realización en esa única secuencia que en toda la filmografía de Roland Emmerich, un tipo que lleva media vida rodando catástrofes
Otro de los grandes aciertos del film descansa en las brillantes interpretaciones de todo el reparto. Dada cuenta de la buena labor de Dallas Howard, no le va a la zaga la ajustada composición de la actriz belga Cecile de France (conocida por Alta tensión, de Alexandre Aja). Tampoco la sutil y contenida interpretación de Matt Damon, ni el trabajo de Frankie McClaren, uno de los niños más creíbles de los últimos años, lástima que el doblaje no le haga la suficiente justicia. Por cierto, que entre el casting –y permitidme aquí el inciso- encontramos a Marthe Keller (como la Dra. Rousseau), feliz recuperación para el “gran” cine de esta actriz de origen suizo que alcanzó notoria popularidad durante los setenta con títulos de relevancia como Marathon man, Domingo negro o Fedora.
Pero Mas allá de la vida, cierto es, no es una película redonda, en ella conviven un conjunto de aspectos más que sólidos, como los que he apuntado, con algún que otro de cierta irregularidad. Concretando; la historia de Marie Lelay se resiente de una cierta dispersión comunicativa, quizás porque no atañe tanto a una emocionalidad dramática como a la búsqueda de un “saber”, provocando, por añadidura, un evidente distanciamiento emocional entre el público y la pantalla. Habrá también a quien no convenza la forma en la que Peter Morgan hace “colisionar” a sus tres personajes al final del relato (que resulta válida, pero fuerza nuestra credulidad); y quién asegurará (no seré yo quien lo haga) que su verdadero “talón de Aquiles” es el ritmo, esto es, la cadencia narrativa con la que Eastwood narra la(s) historia(s). Tachada de lenta y de excesivamente contemplativa (En EE.UU. la audiencia –y la crítica- le ha dado la espalda); son estos los adjetivos que definen erróneamente a una película arriesgada y profunda que propone un film alejado del imperativo comercial, y que dirige su lúcida mirada hacía ese público maduro que no necesita de apoyos artificiales para disfrutar de verdadero CINE.
Harmonica

martes, 23 de noviembre de 2010

CRÍTICAS CINE DE ESTRENO

Imparable (Unstoppable) de Tony Scott

1 millón de toneladas de acero, 100.000 vidas en peligro, 100 minutos para el impacto. Tan elocuente frase publicitaria no sirve más que para generar la lógica (y exigible) expectativa, aquella en la que el espectador admite la singularidad de la propuesta y se lanza encantado en busca de un vacuo espectáculo de suspense electrizante. Nada más lejos de la realidad. Los responsables del film se han declarado en huelga y el (supuestamente) irreductible tren no cubre ni los servicios mínimos. Pura indiferencia.
Lo cierto es que no resulta incoherente la aparición de un producto tan pobre como Imparable cuando lo más aplaudido en la filmografía reciente de su director es una memez titulada El fuego de la venganza, remedo hiperbólico del antaño “justiciero urbano” encarnado por el Charles Bronson de turno convertido por obra y gracia del realizador británico en un irritante y eterno videoclip de ¡146 minutos! Ahí es nada. Ahora bien, se debe expresar un sincero agradecimiento al hermano de Ridley Scott, en serio. Su empeño en materializar ese inane e innecesario remake - Asalto al tren Pelham 1, 2, 3. - permitió que el foco de atención se desplazara por un momento a la película de 1974, su descubrimiento mereció el entusiasmo, y por mero análisis comparativo ésta última salió infinitamente reforzada. Se hubiera preferido el reestreno de la original, es cierto, pero probablemente las leyes del mercado hubieran desaconsejado tal osadía, el público (objetivo) no estaría capacitado para valorar la precisión milimétrica del guión de Peter Stone ni la apabullante puesta en escena de un sorprendente Joseph Sargent. Estimaron que lo mejor era crear una nueva versión (más de lo mismo) y encargar su realización al señor Tony Scott, adlátere de esa nueva especie endogámica caracterizada, entre otras cosas, por la desidia literaria, el paroxismo visual y la apología del efectismo.

Pero está bien, vale, vuelvo ahora sobre esta última nadería cinematográfica que nos propone el director de Top Gun (la que faltaba…). Imparable está basada en hechos reales. Muy a pesar de que el material tenía posibilidades, Scott prefiere obviar el tratado humanista y centrarse en la historia (o más bien anécdota) de un tren de mercancías descontrolado que hay que parar a toda costa. Un diez en originalidad. Mark Bomback, guionista de (ejem…) El enviado (2004) o La lista (2008), no escatima en tópicos, la convencionalidad es exasperante. Por supuesto que Imparable está más cerca del Speed de Jan de Bont o de los títulos menos ilustres y simplistas del cine de catástrofes de los setenta que de la estimable cinta de Andrei Konchalovsky El tren del infierno.

Hablar de personajes es tarea difícil, no solo es que sean de una sola pieza, planos, unidimensionales; es que son prácticamente inexistentes. Están escritos con tan grueso trazo que rozan el ridículo, la caricatura. El calzador se aplica para mostrar los problemas personales de los protagonistas, en verdad a nadie le importan, pero asumen su función: rellenar metraje. Delirante. Denzel Washington interpreta a un veterano ingeniero de trenes, en ésta, su quinta colaboración con el director y, posiblemente, nunca recibió tanto (dinero) por tan poco (trabajo). Solo lamentar el desperdicio de talento.

A falta de intensidad, novedad, estilo, profundidad dramática, construcción de personajes y un luengo etc. Scott se limita a hacer lo de siempre, esto es, dar rienda suelta a sus pretensiones video-artísticas con un recital de espasmódicos movimientos de cámara, excesivo uso del travelling, cámaras lentas, gratuitos zooms…Siempre he pensado que este tipo confunde ritmo con velocidad. Si se supone que la inevitable transformación estética del género de acción pasa por el autor de Domino, ¡yo me bajo en marcha!
No os perdáis el despliegue de medios: vagones descarrilados, helicópteros por doquier, multitudes asustadas, localizaciones diversas… oye, que para eso es un producto (manufacturado) de Hollywood con casi cien millones de dólares de presupuesto. Desvirtuemos aquí el dicho: a veces MÁS es MENOS.

Podría, por último, destacar la honestidad de la película, pero ese es el gran problema de Imparable: hasta como puro y llano entretenimiento resulta discutible. Lo único verdaderamente “imparable” es la autodestrucción de sus imágenes en la mente del espectador. Tony Scott ha hecho lo más difícil, situar su último trabajo entre lo peor de su ya por sí floja filmografía. Eso sí que tiene mérito.

Harmonica

domingo, 21 de noviembre de 2010

CRÍTICAS CINE DE ESTRENO

Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte I (Harry Potter and the Deathly Hallows: Part I) de David Yates

Comienza el principio del fin, así se podría resumir groso modo este séptimo capitulo de la multimillonaria saga del joven mago de las gafitas redondas. Este preludio a la gran batalla viene precedido de una increíble expectación por lo que supone el final de un fenómeno literario y hasta diría cinematográfico de este nivel, y el estudio Warner Bros se lo ha currado de lo lindo con un plan de rodaje de 260 días para rodar de forma consecutiva las dos partes que forman esta Reliquias de la Muerte lo que la convierten en la filmación ininterrumpida mas larga de la historia del cine.

Volviendo al film que nos ocupa, la película empieza inmediatamente después del termino de Harry Potter y el Príncipe Mestizo, con toda la revolución orquestada por el malvado Voldemort, Ralph Fiennes pasándoselo en grande como el villano de la función, en su mas alto apogeo y nuestros jóvenes protagonistas, Harry, Ron y Hermione, interpretados por Daniel Radcliffe, Rupert Grint y Emma Watson respectivamente, en su mejor interpretación de la saga, con las tablas que se les presupone después de 12 años estudiando en Hogwarts, listos para emprender la aventura en busca de los diabólicos Horrucruxes, que cambiara sus vidas para siempre. Volverán a encontrarse con amigos que hace tiempo que no veían como el elfo Dobby, protagonista de la mejor escena de la película, y con antiguos enemigos como la desquiciada bruja Bellatrix Lestrange interpretada de modo sobresaliente por una, muy en su salsa, Helena Bonham Carter. Todos los demás personajes siguen siendo interpretados de manera magistral por la terna de actores británicos que han acompañado al joven mago por todas las entregas anteriores.

El film es el mas oscuro tenebroso y adulto de toda la saga, dirigido todo con mucha sobriedad y sin demasiados alardes por David Yates, en su tercera aportación a las películas de Harry Potter, el diseño de producción, vestuario, efectos especiales y maquillaje rayan a un nivel soberbio, cosa que se le presupone a una película con tan alto presupuesto. Decir que el film es un entretenimiento de primer orden, que gustara tanto a los fans que vayan disfrazados a verla como a la gente que solo quiere pasar el rato con una gran superproducción, aunque en determinados momentos el film adolece de una falta de ritmo que se ve sufragada con un gran guión que nos deja momentos de humor muy conseguidos y la épica necesaria en esta parte de la historia. Harry Potter y Las Reliquias de la Muerte (Parte 1) es un mero preludio para la gran batalla final entre las fuerzas del bien y el mal, y da la impresión que en esta parte se han guardado lo mejor para la siguiente dejándonos con los dientes largos, esperando hasta el mes de Julio donde veremos el espectacular y muy épico final de la contienda entre Harry Potter y Voldemort. Esto promete.
                                                                                                                                                        Íñigo